La disquería no abre hasta las 4 de la tarde, y para un día como el de hoy eso es la eternidad y alguito más. Estoy justo a la mitad del verano, y este Febrero arrancó en su ley, con vientos calientes y pegajosos, húmedo a pedir de las pampas, con noches agobiantes y madrugadas muy cortas, insuficientes. El aire que entra por la ventana y recorre las habitaciones una tras otra hasta escapar al patio solo trae polvo y desorden, y el ventilador se queja a cada cuarto de vaivén por el yugo impuesto, hoy inútil. Me pregunto cómo hace mi vieja allá atrás, al rayo del sol y en su reposera, para aguantar la tortura de asolearse a cambio de otra tonalidad en su piel. Yo ya rellené dos veces el botellón de agua en la heladera y ella aún no tomó un solo vaso. ¿Será un reptil? No, es ella. Veinte minutos. Pienso en poner un disco, pero solo conseguiría tocar una cara y el rito quedaría incompleto. Si mi vecino estuviese escuchando algo de lo suyo ahí sería otra cosa, pero hoy se ha llamado a sile...
Fue una mañana, tal vez una siesta o un atardecer. Nunca la noche, porque ese es mi lugar. Ahí estaban. Ahora olvido, como una obligación impuesta, como el último pecado.
Cierta música solo debería ser escuchada con oído de disco de pasta, listo a lo muy medioso, rascado, oscilante. PRIMERA PARTE AHORA El mundo no tarda demasiado en derrumbarse, ¿eh? George A. Romero, Night of the Living Dead. Estoy parado frente al mirador de mi piso 32, ubicado en una de las zonas más caras de esta ciudad. Observo con mi catalejo de colección las fogatas, disturbios y reyertas en la calle. Tomo agua del último bidón de mi depósito y escucho música a todo volumen para no prestar atención al ascensor de entrada de mi piso, que martilla con ese gruñido que expande y contrae al metal. Es la cadencia final, beethoveniana, del que tal vez haya sido mi tema preferido de todos los tiempos. Ya hizo la llamada con esa tercera descendente, que reposa de inmediato un semitono más abajo; luego la pregunta que tendrá una respuesta desgarradora en un sostenido Mi bemol menor, para que, finalmente, dos bloques similares desciendan por semitonos hacia un silencio latente; ese nec...
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