La emoción de Mariana

La disquería no abre hasta las 4 de la tarde, y para un día como el de hoy eso es la eternidad y alguito más.

Estoy justo a la mitad del verano, y este Febrero arrancó en su ley, con vientos calientes y pegajosos, húmedo a pedir de las pampas, con noches agobiantes y madrugadas muy cortas, insuficientes. El aire que entra por la ventana y recorre las habitaciones una tras otra hasta escapar al patio solo trae polvo y desorden, y el ventilador se queja a cada cuarto de vaivén por el yugo impuesto, hoy inútil. Me pregunto cómo hace mi vieja allá atrás, al rayo del sol y en su reposera, para aguantar la tortura de asolearse a cambio de otra tonalidad en su piel. Yo ya rellené dos veces el botellón de agua en la heladera y ella aún no tomó un solo vaso. ¿Será un reptil? No, es ella.

Veinte minutos.

Pienso en poner un disco, pero solo conseguiría tocar una cara y el rito quedaría incompleto. Si mi vecino estuviese escuchando algo de lo suyo ahí sería otra cosa, pero hoy se ha llamado a silencio. O habrá salido. Y la verdad es que mucha de la música que empezó a interesarme vino de ahí, de sus discos: el Álbum Azul de Beatles, los 20 Grandes Éxitos de Creedence, Traetormentas de Deep Purple; me doy cuenta de que yo también los nombro en nuestro idioma, y es que acá, al sur del continente y por estas tierras, existe la costumbre de castellanizar o argentinizar todo término anglosajón (con consecuencias perversas tales como No me dejes abajo por Don't let me down... en fin).

La radio es un erial. Tan solo un programa después de medianoche se deja escuchar por su música, pero como todas las emisoras son de Buenos Aires, después del atardecer las señales se van perdiendo; en realidad van y vienen como una soga al viento, de lo audible al ruido blanco. Claro, es que las ondas son algo físico. No como la luz. Aunque mi tío Nelson, siendo yo muy chico, me haya hecho creer que una noche hacía tanto viento que el haz de su linterna se desviaba.

Jajá.

Diez minutos; voy saliendo.

Es interesante reconocer cuanto más fluido corre el tiempo si el pensamiento es ordenado, y no hablo de meditar ni nada de eso, solo -y por unos instantes- evitar el caos que me habita.

Diez cuadras me separan de la disquería.

Quien no haya vivido en una ciudad del interior nunca sabrá lo que significan las distancias en un pueblo. Así sus cuadras a duras penas alcancen los 70 metros. Y solo en algunos casos.

La disquería está inserta en una casa de electrodomésticos, a la izquierda de la entrada, y no es la única del centro: hay dos más; pero esta es la más completa. O, tal vez, sea aquella primera conocida que ya se hizo parte de mis costumbres.

Saludo al único empleado -que está hojeando una revista (no llego a ver cuál)- y estaciono en las bateas, donde el rótulo dice Rock/Progresivo. Es raro que aparezcan ahí novedades que antes no haya visto en la vidriera al frente, pero tampoco voy por eso. Estoy en un período que es de descubrimiento, y generalmente aquello que termino comprando ya tiene sus años. Quedaron atrás los tiempos del simple de 33 y un tercio o 45 rpm con la canción de moda. Ahora me dejo seducir mucho por los artes de tapa, especialmente aquellos psicodélicos, y como todavía no conozco más que un puñado de bandas y artistas, no me asusta zambullirme en algo desconocido; siempre siguiendo lo que supongo es una amplia autopista que abarca ese espectro tan vasto que es el Rock. Y me parece un hecho destacable que los LPs de música electrónica o ambient estén también ahí, aunque se deba tal vez a un error por desconocimiento, porque, claro está, no son ni Folklore ni Tango ni Música Romántica. ¿Para cuándo una batea de Clásica?

Ya está. Me decidí. Pero el álbum no está ensobrado y el inserto tiene una de sus puntas rotas. Se lo muestro al dependiente, a ver si me hace precio. Ni se me ocurre pensar en lo gracioso que puede llegar a verse un nene de 11 años regateando. Me señala la cabina con el tocadiscos:

-La mayoría de la gente pica los discos antes de comprarlos. Los que todavía tienen el celofán es porque nadie pidió escucharlo. De estos discos viejos tenemos una sola copia. Y sí, qué querés, algo se van deteriorando.

Igual ya estoy decidido. Hace poco y recién editado había comprado el último trabajo de esta banda, recién salido, 1978, y este que ahora tengo en manos es el nexo entre aquel y otro del '75 que ya tengo. Lo quiero. Luego pago y me lo llevo. Vale el riesgo. No va a ser el primer LP con algún puazo que tenga. La música es muy mucho más que eso. Eso sí, deshago mi ruta por donde encuentro sombra, no vaya a ser que llegue a casa con un vinilo ovalado.


Hoy, a casi 50 años de ese día, viendo al frío gris por la ventana de mi estudio, recuerdo el día en que Mariana, que pronto iba a ser mi compañera, hojeaba mis discos y elegía justo ese:

-¿Sabés que uno igual estaba entre los long plays de mi papá?

Luego lo ponía en la bandeja y dejaba bajar el pick-up con gentileza, escuchando la larga introducción a la cara A, de espaldas a mí. 

Al pararme a su lado noto que sus ojos se han humedecido; luego veo una lágrima que se desliza lentamente por su mejilla, y su gesto me parece de gratitud.

O vaya uno a saber qué recuerdo la está abordando.

Las emociones siempre serán un misterio.

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