Un día de aquellos, esos o estos.

Salió casi todo bien, cuando casi es algo mayor que nada. Y no aplica el pico del pato, no es matemáticas.
No creo en esa ley que dice que todo lo que pueda salir mal va a ocurrir.
Sí, soy un creyente fervoroso en que somos la influencia que más incide en todo lo que nos rodea. A decir: la mala suerte provocada a inconsciencia.
Es que en cada cosa a nuestro alrededor está su Manitú.
Los indios no solo hablaban sobre una imagen fotográfica y su espíritu raptado, sabían muy bien que hasta una caña de bambú tiene alma. Y eran doctos en demonios, vaya si no (así fueran solo sugestión: no me importa para nada la superstición, me parece tan docta como la fórmula de un físico).
Volvemos a casa y un televisor (no lo que ofrece), un teléfono (no lo que cuenta), tu instrumento preferido (lo que te transmite) o la plantita del balcón (que busca al sol) tienen su espíritu. ¿Si se te quema la heladera en invierno, la pc se emputece y no quiere andar, cuando tenés esa idea que no podés dejar de lado; ese celular que necesitabas sí o sí para salvar las papas del fuego no carga los datos aunque te muestre que transfiere o, si lo preferís, pinchás una goma entre Pico y lo que sea que venga a 300 kilómetros más allá de la nada: son hechos fortuitos?
Tengo la experiencia muy fundada de que no es así. No pienso dar un solo ejemplo propio, pero, al igual que conozco y muy bien todo lo que me rodea, lo tengo junadísimo.
Ni piedra ni lastre; tal vez desprenderse de demasiados pesos no sea lo más recomendable.
A veces, y solo así, no nos vendría mal cargar la roca de Sísifo.
Al menos una vez. Medio camino. Qué sé yo.
No creo en remuneraciones, sí en equilibrar para salir adelante en la jodida.
Viví mil historias (mil es eufemismo, claro), pero no creo estar con dos ruedas en el pasto; salvo que sin darme cuenta me haya vuelto motoquero.
Detesto toda interpretación superflua de Karma.

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