La bellísima Mariel Ziegler.

Ya me había ido y mirá que pasaban años y años.

Trabajaba en el Super sin tilde del centro. Mami pasaba de compras y ella preguntaba por mí. Mari, delicadamente le dijo: se casó, tiene casa propia y trabajo: UNA VIDA HECHA.

Supongo que para Mariel, morena e incalculablemente bellísima, inviolable para alguien que vivió toda su infancia perseguido sin que nadie lo diga, habrá sido un qué le pasó a este tipo por no llegar a qué pelotudo.

Pero vamos a unos pasos atrás, cuando podíamos caminar de la mano y... No, mis viejos, me rajo.

Obvio que era yo el que bramaba, y Marielita se quedaba ahí, tal vez pensando en si quería seguir o no.

Pero lo hizo.

Lo hizo hasta el día en que a media caminata entre la iglesia y el cine me convertí en un espantajo que empezó a aletear profiriendo palabras que nadie pudo entender.

La iglesia central estaba a dos cuadras y Raulito (párroco para quién fui monaguillo más de una vez) llegó a las corridas y me dio algo así como una extrema unción, o un perdón, o andá a saber qué corchos.

No, no fue un exorcismo.

Esa noche comimos pizza con gaseosa.

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