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La emoción de Mariana

La disquería no abre hasta las 4 de la tarde, y para un día como el de hoy eso es la eternidad y alguito más. Estoy justo a la mitad del verano, y este Febrero arrancó en su ley, con vientos calientes y pegajosos, húmedo a pedir de las pampas, con noches agobiantes y madrugadas muy cortas, insuficientes. El aire que entra por la ventana y recorre las habitaciones una tras otra hasta escapar al patio solo trae polvo y desorden, y el ventilador se queja a cada cuarto de vaivén por el yugo impuesto, hoy inútil. Me pregunto cómo hace mi vieja allá atrás, al rayo del sol y en su reposera, para aguantar la tortura de asolearse a cambio de otra tonalidad en su piel. Yo ya rellené dos veces el botellón de agua en la heladera y ella aún no tomó un solo vaso. ¿Será un reptil? No, es ella. Veinte minutos. Pienso en poner un disco, pero solo conseguiría tocar una cara y el rito quedaría incompleto. Si mi vecino estuviese escuchando algo de lo suyo ahí sería otra cosa, pero hoy se ha llamado a sile...